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La abuelita sicaria y la hipocresía feministoide

* Hay privilegios ocultos tras las banderas del feminismo radical, donde ciertas conductas son aceptadas dependiendo de quién las comete

Por Joaquín Quiroz Cervantes

Lamentable, sí, pero más que eso, indignante. La violencia en México dejó de ser un problema aislado hace mucho, pero ahora se ha vuelto paisaje, una normalidad absurda que nos tragamos diario con café y pan.

Lo peor es que la radicalización del odio hacia los varones también se ha vuelto costumbre, y a nadie parece importarle. O peor, lo justifican con poesía, hashtags y discursos de salón.

Para muestra, un botón envenenado: esta semana, una mujer que responde al nombre de Carlota “N” irrumpió en un predio en el Estado de México y, sin mediar palabra, sacó un arma y disparó contra tres hombres.

Resultado: dos muertos. Así, a sangre fría. Sin juicio, sin defensa, sin contexto. Y lo más espeluznante no es el crimen, sino la narrativa que lo envolvió.

En redes sociales y medios, no faltó quien la llamara “la abuelita sicaria”… con ternura.

Con una especie de romanticismo morboso, le inventaron una historia heroica, la posicionaron como víctima del sistema, y hasta justificaron los disparos porque “seguro se estaba defendiendo” o “los tipos eran delincuentes”.

Pero, ¡oh sorpresa! Cuando las autoridades empezaron a escarbar, la dulce ancianita resultó tener más sombra que árbol viejo.

Vinculada con el crimen organizado, experta en el uso de armas, y con un largo historial delictivo, la señora tenía más en común con una película de Tarantino que con una abuelita de comercial de gelatina.

Y ahora pongamos el espejo al revés: imagine usted que no fuera una viejecita la que disparó, sino un hombre de la tercera edad que balea a tres mujeres. De inmediato lo tacharían de feminicida, enfermo, misógino.

No habría apodos simpáticos. No habría memes tiernos. Habría marchas, gritos de “¡Ni una más!”, linchamiento mediático y una narrativa que lo condenaría desde el primer tuit.

Así de doble es la moral de algunos sectores de la opinión pública. Así de sesgada es la lupa con la que se mide la violencia. Si el agresor es hombre, es un monstruo; si es mujer, es una víctima del patriarcado, una heroína malentendida.

No se trata de minimizar la violencia contra las mujeres –porque existe y es brutal–pero tampoco vamos a hacernos de la vista gorda con el odio disfrazado de justicia que hoy se dirige contra los hombres.

La violencia, venga de donde venga, es eso: violencia. Y no debería tener género, ni justificarse, ni romantizarse.

La radicalización de los discursos de odio, desde cualquier trinchera, está llevando a la sociedad a un abismo moral. Y mientras no enfrentemos la realidad con objetividad, vamos a seguir matando no solo cuerpos, sino también verdades.

Ya basta de justificar el plomo con pañuelos, verdes, morados o de cualquier color, ni aplaudir el crimen con discursos “progres”.

O dejamos de normalizar la violencia de ellas, o condenamos parejo. Porque si a los muertos los enterramos con justicia selectiva, lo que estamos matando es la justicia misma.

La igualdad selectiva y el circo de la silla rota

La corrección política tiene sus estrellas favoritas, sus protegidos y también sus víctimas silenciosas.

Esta semana, en la siempre tranquila pero no menos mediática isla de Cozumel, ocurrió un hecho tan cotidiano como desafortunado: el presidente municipal José Luis Chacón, en el marco de un evento oficial, sufrió una caída al romperse la silla en la que se sentó. ¿Y qué pasó? Lo que se ha vuelto costumbre en los tiempos de redes: se viralizó, se volvió meme, se volvió escarnio. No hubo espacio para el contexto, para la empatía o la mesura. Solo risa, burla y desprecio.

Y aquí viene el verdadero análisis: ¿qué hubiera pasado si en lugar de Chacón hubiese sido una presidenta municipal quien cae de esa silla rota? El tono sería radicalmente distinto.

Las voces de “sororidad”, “misoginia” y “violencia simbólica” habrían saturado el aire. Los medios hubieran cerrado filas para protegerla, y con razón, porque la dignidad no tiene género. Pero aquí la pregunta es otra: ¿por qué cuando el afectado es un hombre no aplica la misma regla?

A José Luis Chacón no lo cuestionaron por su gestión, por sus decisiones políticas o por su visión de gobierno.

No. Lo atacaron por caerse. Como si no fuera humano, como si no tuviera derecho a un accidente sin ser convertido en chiste al menos estatal.

Se burlaron de su físico, de su dignidad. Todo con el beneplácito de seudo informadores que, en teoría, deberían tener un mínimo de profesionalismo y humanidad, y bueno las y los inquisidores de las redes sociales que de seguro nunca se han caído ni se caerán.

Es en estas pequeñas pero reveladoras escenas donde se evidencia que la igualdad, esa de la que tanto se habla en discursos, pancartas y hashtags, no siempre existe.

Hay privilegios ocultos tras las banderas del feminismo radical, donde ciertas conductas son aceptadas dependiendo de quién las comete. Y el hombre, el varón, el masculino, en muchos de estos escenarios, tiene prohibido caer, llorar o simplemente incomodar con su humanidad.

Vivimos en una época en la que ser hombre implica, en algunos sectores, ser el blanco predilecto del sarcasmo público.

Porque claro, “tienen todo resuelto”. Como si el dolor emocional, la dignidad o la vulnerabilidad fueran exclusivas del género femenino. ¿Y no que todos luchamos por una sociedad más justa? Pues parece que no aplica si eres varón.

Así las cosas, mientras algunas siguen disfrazando de lucha lo que ya es revancha, sería bueno cuestionarnos si la igualdad que se exige es la que también se está dispuesta a ejercer.

Porque de eso se trata: de derechos y obligaciones compartidas, de respeto mutuo y empatía real. No de burlarse de quien cae, sino de preguntarse por qué nos reímos tan fácil cuando es un hombre el que se duele.

Y recuerden… esto es sólo para informad@s, si ustedes no estuvieran ahí leyendo yo no estaría aquí escribiendo, y si ser Malix el Huso Horario, el Whatsapp, el Facebook, X, la CFE, López, el Covid19, los troles y envidiosos nos lo permiten, nos leemos pronto, Dios mediante, pero que sea XLaLibre.

Mi correo: quirozjoaquin@yahoo.com.mx. Sígueme en X @joaquinquirozc y Facebook porlalibrecolumna #Xlalibre #yotambiensoymalix #soyquintanaroo

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